Acidez cotidiana

Pablo abre la puerta de casa. Dentro, silencio. No hay nadie que le dé las buenas noches. Tan sólo un par de insectos esquivos, que sistemáticamente huyen en cuanto enciende la luz.
Pone la tele. Una voz femenina repasa la actualidad con una marcada entonación nasal. Accidentes, secuestros, estafas y otros terrores cotidianos forman el runrún amable que le acompaña mientras sirve un bol de sopa precocinada. Sus digestiones son pesadas. No sabe si cambiar de marca de sopa o dejar de ver las noticias.
La locutora relata un suceso de última hora. “Ha sido hallado en su domicilio el cadáver de un hombre de avanzada edad, sin aparentes signos de violencia.”
“Era un buen vecino”. Se oye la voz en off de una vecina de la víctima. “Es difícil pensar que nadie quisiera hacerle daño.” Concluye otra con la voz ronca.
Pablo termina la sopa. Recoge el bol y lo lleva a la cocina.
La locutora prosigue: “ Fueron los propios vecinos quienes avisaron a la policía, alertados por el hedor. La víctima fue hallada en el suelo de la cocina, en avanzado estado de descomposición. A su lado, el contenido de un brik de sopa desparramado y un bol de cerámica hecho añicos.“
“Maldita coincidencia.” Piensa Pablo mientras nota como los jugos gástricos se le alteran. Se acerca de nuevo a la tele, para averiguar más detalles sobre el suceso. Pero cuando llega, sólo consigue averiguar que De Juana Chaos está deprimido.
“Con lo que llueve Irlanda no es para menos.” Se dice Pablo. Toma su pastilla para la acidez y se va a la cama.
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