EL TABACO MATA

Veo en las noticias de hoy, que un conductor se ha liado a tiros con un peatón. No dan más detalles. Dicen que se desconocen por el momento. A decir verdad, tampoco los necesito para empezar a imaginar un tipo a punto de ser atropellado en un paso de peatones por alguien que ha ignorado su preferencia o que quizá simplemente se ha despistado. Y entonces va el peatón y le monta un pitote al conductor: “Tú, Gilipollas, ¿estás ciego o que pasa contigo? ¡Me cago en tu madre! ¿No ves que tengo preferencia? Casi me mata el Gilipollas éste”.

Así me imagino al peatón, con el corazón saliéndosele por la boca y remarcando bien la “G” de Gilipollas.

Y claro, a nadie nos entusiasma que sin preámbulos nos mencionen a la familia. Y mucho menos que nos remarquen la “G”. Además, ¡pobre conductor! como si uno no tuviera derecho a despistarse. A ver ¿quién es el guapo que nunca mete la pata?

Habría que decir, no obstante, en favor del peatón, que hay despistes y despistes. No es lo mismo cargarse a alguien, que poner una “G” de más en un texto o gritársela a un conductor que se salta un paso de peatones. Eso por no hablar de la falta de glamour que tendría morir por despiste ajeno. Ya puestos, si te han de matar, que sea con motivos. Fundados o no, ya se discutiría. Pero que no sea por ser invisible.

Quizá nuestro pobre conductor estaba simplemente encendiéndose un cigarrillo. Ya se sabe lo difícil que estar en dos sitios a la vez. Controlar a todo el que salta impunemente a los pasos de peatones (por mucho derecho que tenga) mientras uno intenta hacer diana con la punta del pitillo en los hierritos incandescentes debe ser harto difícil. “Dentro de poco ni en su propio coche le van a dejar fumar a uno”.

Así me imagino al conductor, cabreado como una mona porque un puñetero peatón le ha remarcado la “G” por un despiste de nada y encima le acusa de intento de asesinato. “¿De qué va este imBécil?” Se dice, remarcando a su vez la “B”, mientras aprieta fuertemente los labios y piensa que ese tipo no tiene motivos para acusarle de intento de asesinato, que el nunca ha querido matar a nadie, que sólo quería fumarse un cigarrillo, y que si el jodido peatón en vez de ir vestido de gris mimetizándose con el asfalto se hubiera vestido de rojo y hubiera movido los brazos avisando, seguro que él le habría visto de reojo por fuera de los hierritos incandescentes.

Pero el peatón, dale que dale, taladrándole el oído con el “casi me matas” y venga a hablarle de su madre y a remarcarle la “G” una y otra vez. Hasta que nuestro conductor, decide eliminar el “casi” de la ecuación, saca una pistola, le pega tres tiros y lo mata.

Antes de subir al coche y hacerse a la fuga, mira al suelo. El traje gris ha quedado salpicado por varios lunares rojos. Ahora sí que se le ve perfectamente, rojo sobre gris, junto a una colilla humeante.

No creo que al próximo coche que pase por aquí le vuelva a pasar desapercibido.
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