MONOLOGO EN LA VENTANA

Joan me ha regalado unos prismáticos para que siga jugando a la ventana indiscreta pero con conocimiento de causa. Pero, ¿entonces no te lo he contado? No puedo creer que no te haya hablado de mi admirador de la ventana. ¿No? Bueno, pues allá voy. Esta historia no puedes perdértela.

Viene ya de lejos. Hace unos meses estaba un día fregando los platos… y había una puesta de sol preciosa. Y como no me gusta demasiado marujear, intento distraerme con otras cosas y lo aderezo cuanto puedo para hacerlo más ameno. Así que, de vez en cuando, entre plato y plato, miro a lo lejos y veo los balcones ajenos, gente que tiende la ropa,… ya sabes, esas pequeñas indiscreciones que a uno se le escapan sin querer (o no) a través de las ventanas y las puertas abiertas, y que yo disfruto observando.

Era lunes, tenía un montón de cacharros por fregar desde la cena del sábado, que por cierto, luego te explico porque te vas a reír un rato. El caso es que como al final salimos y me acosté a las tantas con unas cuantas cervezas encima, me pasé el domingo de la cama al sofá y del sofá a la cama, haciendo escala de vez en cuando en el lavabo.

Pero ¡cómo me voy por las ramas! Volvamos a lo que te quería explicar. Según miro a lo lejos veo una ventana con luz y la silueta de un tipo apoyado. Me lo quedo mirando fijamente y me da la sensación de que él está también mirando en mi dirección. Pero en esto llamó Joan por teléfono y me entretuvo media hora explicándome su ligue de la noche anterior. Cuando volví a la fregadera y miré hacia mi nuevo fichaje, la luz había desaparecido de la ventana. Así que seguí con lo mío, bajo la atenta observación de Mariano, (¡cómo no!) que no se pierde detalle cuando estoy en la cocina.

No le habría dado más importancia al incidente, si no hubiera sido porque al cabo de unos días, me pareció verle de nuevo, más o menos a la misma hora. La luz de su ventana se encendió y apagó un par de veces. Dato que yo interpreté como una señal de toma de contacto. Ni que decir tiene, que no tardé en responder con una serie de apagones intermitentes en la mía. Momento en que la bombilla de mi cocina decidió descansar en paz para siempre y me obligó a estar en penumbra varios días, pues sólo me acordaba de ir a comprarla cuando ya era de noche y la ferretería estaba cerrada.

Me tenías que haber visto, intentando freír las croquetas de mi madre, sin saber si todavía estaban blancas o si las había churruscado en el intento. Pasé la mayor parte de la semana comiendo ensaladas, no sin cierta aprensión, pues ¿cómo puede una estar segura de haber limpiado bien de insectos la lechuga si no puedes escrutar las hojas concienzudamente? En fin, mejor no pensarlo.

Los encuentros se repetían con cierta asiduidad. Casi siempre a la misma hora. Era hermoso volver a casa y compartir con otro ser solitario unos momentos de reposo tras el trajín diario.
Imaginé el color de su pelo: negro; el de sus ojos: verde oscuro. Hasta su nombre: Manuel. Su carácter: Sereno, reposado, capaz de permanecer inmóvil reclinado sobre su ventana y con la cabeza levantada hacia mí.

Sí, ya lo sé, no era más que un sucedáneo patético, migajas de cariño… pero tras la ruptura con Ángel, aquel admirador en la distancia era para mí como un paño húmedo, en la boca de un sediento.

A veces, al caer la noche, y tras asegurarme de haber visto su silueta, me daba una ducha y salía en braguitas a la terraza a regar las plantas o simplemente a sentarme en la hamaca y ver el atardecer, mientras me dejaba observar.

Llegué incluso a desconectar el teléfono. Ya sabes lo neuras que soy para esas cosas. No habría querido que nada ni nadie interrumpiera aquellos momentos de intimidad en que me entregaba a él.

Analicé una vez más la geografía imposible de mi vecindario, intentando averiguar en qué dirección vivía. Pero con el trazado surrealista de estas calles, saber qué hay más allá del bloque de enfrente es una quimera. No obstante, ello no me impidió seguir disfrutando de aquellos momentos y fantaseando con un encuentro real.

Ay Manuel, Manuel, con lo feliz que me hacía mí Manuel al volver a casa… ¿Qué por qué suspiro? ¿Qué qué pasó? Pues que desapareció de repente de mi vida. Y todo por culpa de Joan.
No, ¡qué va! No fue por los prismáticos. Eso fue una consecuencia, no la causa. Tampoco fue un ataque de celos. Ya sabes que soy una bocazas. Siempre piándolo todo. No sé por qué se me ocurrió explicarle nada a Joan. Vino un domingo a tomar el vermú en mi terracita y como siempre, me puse a contarle las novedades: que si mira este cactus, le ha salido un hijito, mira aquel otro qué flor más bonita que tiene… y cual mariposa de flor en flor, le hablé del gato, de la vecina de abajo, de su hijo que está macizo y sale a regar sin camiseta,… ¡ay que sólo de pensar en él me altero! Para éste lo de los prismáticos no es demasiado práctico; se notaría demasiado. Él en la terraza de abajo y yo aquí arriba con los prismáticos, jajajajaja…¡que no, que no, que ya estoy desvariando otra vez! A éste mejor lo disfruto al natural y, si se deja, le sigo dando conversación, para fomentar las relaciones de vecindario y dejar la puerta abierta, que nunca se sabe.

Volviendo al vermú. Aquel día hacía una mañana radiante, de esas limpias en las que se ve el cielo transparente. Puse unas olivitas rellenas de anchoas para acompañar (¡umm que ricas!), y unas patatas fritas, de las de bolsa, que son un vicio y con el vermú pasan de coña. Joan me hablaba de sus historias, de lo pesada que está Marina con lo de ir a vivir juntos, de la prima de Eva (a quien lleva tirándole el tejo desde hace algún tiempo…) De sus líos en general, ya sabes cómo es. Por cierto, de todo lo que te estoy contando tú ni mu, que si se entera de que te lo he dicho me mata.

El caso es que empezó como siempre a meterse conmigo, que últimamente no sales, que desde lo de Ángel te has encerrado en ti misma y eso no es bueno, que necesitas algún amante para distraerte… Y claro, cómo iba yo a poder callarme lo más bonito que me ha pasado últimamente. Porque el vecinito, no nos engañemos, es pura fantasía y no lleva a ninguna parte, bueno, lo que se dice llevar, me lo llevaría de mil amores hasta mi cuarto, pero vamos, que no es lo mismo, que una historia bonita como la de Manuel se vive en contadas ocasiones: esa conexión a pesar de la distancia, ese hablarse sin palabras,…

Así que imagínate la escena. Puse cara interesante y le dije: “¡qué sabrás tú de mi vida amorosa! Y claro, como me conoce desde hace mucho, me pilló al vuelo y me empezó a acosar a preguntas. Y yo, que ya iba por el segundo vasito de vermú, empecé a divertirme con la cosa y a reírme a carcajadas, hasta que no pude más y mi boca fue más grande que mi voluntad. Se abrió sin hacerme caso y le dije: “tengo un lío con un vecino”. “¿El jovencito?” “¡Noooo, bobo! Algo más serio.” “¿Quién? ¡Venga! ya estás cantando”.

Y vaya si canté. Primero lo hice sentar a mi lado (pues él estaba de espaldas a la barandilla), pegué mi cabeza a la suya, para tener la misma perspectiva y le señalé la ventana en la que, a pesar del contraluz, se podía intuir la silueta de Manuel. Yo ya hacía rato que lo tenía controlado, sentía sus ojos clavados en mi escote y me estaba poniendo a cien.

Joan se giró hacia mí un tanto perplejo. Sin tener muy claro si le estaba tomando el pelo o si la cosa iba en serio. “A ver Laura ¿qué es exactamente lo que se supone que debo ver allá a lo lejos? ¿Qué tiene esto que ver con tu nuevo ligue? ¿Quién es? ¿Cómo lo conociste?”
“Pues aquí. En la terraza. Yo le miro, él me mira… Es un amor a distancia.” Palabras que sólo pude pronunciar entre carcajadas y roja como un tomate. No podía parar de reírme, por lo cómico de la situación, por la cara que estaba poniendo Joan y porque, para qué te voy a mentir, al oírme en voz alta explicando el poco contenido de mi reciente historia, empecé a sentirme algo ridícula. Y como quiera que el vermú se me había subido a la cabeza, me reía y reía sin parar y Joan me seguía divertido, pensando que todo aquello era una broma de las mías.

Te digo una cosa: ojalá no hubiera sido tan cabezota como soy y hubiera dejado el tema ahí, como una simple ocurrencia. Pero no, yo tuve que ir más lejos y se me ocurrió defender la legitimidad de mi aventura. Porque como tú comprenderás, en esta época en que está de moda eso de ligar por internet sin ni siquiera saber si el espécimen que tienes al otro lado de la pantalla está contrahecho, si tiene mujer, si le fatan dientes, sin tener ni siquiera una edad o un trozo de piel para calcularla…, ¡nada! Pues no veía yo qué podía tener de censurable o de ridícula mi historia de amor. A fin de cuentas, el lenguaje visual y de códigos funcionaba a las mil maravillas con Manuel. Porque si no ¿a qué venía tanto juego de encender y apagar la luz para hacerse ver y tanto quedarse oteando siempre a la misma hora? Además nunca habíamos discutido por nada, ni nos habíamos faltado al respeto. Cuando el apagaba y encendía la luz de su ventana. Yo hacía lo propio con la mía. Muchas parejas quisieran armonía semejante…

Con argumentos similares y sentada en la terraza debatía estas teorías con Joan, quien relajado tras la catarsis de las carcajadas, se puso serio y protector conmigo, como de costumbre, y volvió al ataque con lo de que tenía que salir más etc, etc. ya te conoces la historia y no te voy a aburrir con repeticiones, sólo diré que su discurso dio para un tercer vaso de vermú.

Finalmente, se dio por satisfecho, al creerme convencida de la inutilidad de un amante en una ventana lejana (personalmente yo sigo defendiendo que Manuel me dio más alegrías que muchos otros de carne y hueso). Y dado que ya no tenía nada que temer al respecto, pudo más su curiosidad que su lógica aplastante y se volvió a sentar a mi lado para observar detenidamente al tal Manuel. A fin de cuentas el hombre no se había portado mal conmigo.

Para ese entonces Joan tenía de nuevo una sonrisa en los labios. Volví a juntar mi cabeza a la suya y a señalar en la distancia. “¿Ves aquel edificio que tiene tres antenas?” “Creo que sí. ¿El que sobresale por encima de cartel publicitario?” “Sí. Con la fachada ligeramente mirando hacia la montaña?” “Bien, lo veo. Pero sigo sin ver a ningún tío en ninguna ventana” “¿Pero cómo que no lo ves? Es en el último piso. La segunda ventana empezando por la izquierda.” “¿La que está al lado del toldo con rayas?” “¡Sí, esa! ¿Pero no lo ves? ¡Mira! Si acaba de moverse. Creo que hay alguien a su lado. “¡Laura!” “¿Qué?” “Ya sé qué voy a regalarte para tu cumpleaños”. “¡No me cambies de tema! ¿Lo ves o no lo ves?” “Laura, voy a regalarte unos prismáticos” “Joan, ¡estás como una regadera!” “Yo estaré como una regadera, pero a ti te dejaron fatal de la operación de miopía”.

Llegado a este punto Joan hablaba muy en serio, aunque apenas podía reprimir las ganas de reírse y yo estaba empezando a mosquearme, pues no acababa de entender el objeto de aquella conversación surrealista. Fue en ese momento cuando le oí decir las palabras que iban a cambiarlo todo radicalmente: “Laura, eso que hay en esa ventana no es un hombre, es una planta.” “¡Vete a la mierda, Joan! ¿Cómo va a ser una planta?” “Te juro Laura que es una planta.” “¿Entonces los juegos de luces?” “Acaso tú no enciendes y apagas la luz de tu cocina según entras o sales en ella?” “Sí, supongo… Pero, entonces ¿cómo es que sólo está ahí de vez en cuando?” “Es una planta de interior, lo sacan sólo para regarlo.”

Y así fue como despareció Manuel, engullido por el desagüe de una terraza lejana. Francamente, una despedida con muy poco glamour. Bueno, desapareció Manuel-hombre, pero aún disfruto de Manuel-Ficus. Es un ejemplar magnífico que ya quisiera yo en mi terraza (gracias a los prismáticos puedo verlo en todo su esplendor). Además el chico que lo cuida, Marc, no está nada mal. ¿Te he dicho que siempre que sale a regar aprovecha para encender y apagar la luz mientras mira hacia aquí? Yo, por si acaso le voy respondiendo.

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