Entre flujos y fluidos

el

Robert se asomó a la ventana. Hacía poco que acababa de levantarse. La madrugada impactó en sus ojos y el monóxido de carbono en sus pulmones. Su último sueño aún se paseaba por su mente y nublaba su humor; de haber tenido una obligación, lo habría sacado de su cabeza a golpe de tostada y sobredosis de café. Pero la perspectiva de otro día ocioso, le encogía el estómago. Tenía el rostro algo hinchado y el cabello agrupado en mechones que, de modo anárquico, apuntaban en todas direcciones. El piloto rojo de su Blackberry parpadeaba. No hizo caso. Puso la tele.
Una locutora masticaba un cóctel de noticias ácido y amargo, endulzado apenas por el anuncio de una leve subida de las temperaturas. Si bien, aquí, lo bueno sería que bajasen; el verano había pasado el testigo a un otoño raquítico al que se le daba bien pasar desapercibido. ¿Qué había sido de las lluvias torrenciales de otoño? ¿Y de las hojas caídas? Lo que sí caía en picado era la economía y su moral.
Preparó una cafetera y la puso al fuego. A los pocos minutos, se sirvió un líquido negro y aromático con la esperanza de recobrar la lucidez mental. Abrió un armario. Vacío. Se había quedado sin tostadas, sin galletas, sin familia, sin trabajo… tenía que encontrar un empleo ¡ya! o el banco vendría a ocupar su piso y a quedarse con sus corbatas, sus cuchillas de afeitar y sus cucarachas. Resto en Libro de Notas
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