ESTOCADAS


THE RAIN IN SPAIN, WITHOUT PLANE
Originally uploaded by C.M…

-Camarero, esta fideuà sabe a cuerno quemado.
Oigo decir a uno de los comensales de la mesa de al lado. Y aunque nunca he probado un cuerno churruscado, le compadezco y me alegro de haber pedido paella.
Susana, con quien comparto esta comida de domingo, está ausente. Juega con los granos de arroz, moviéndolos de un lado a otro con la punta del tenedor.
-Inés, creo que Didac me está poniendo los cuernos. –Suelta a bocajarro.
El sabor de los cuernos (en plural y sin chamuscar) me resulta más fácil de identificar. Amargo. Sin duda. Aunque según el ángulo pueden tener un sabor agridulce.
Levanto la vista del plato y la miro fijamente, como esperando un gesto que me confirme cuan segura está de su afirmación, mientras busco algo apropiado que decir.
Susana sigue concentrada en su plato, moviendo el arroz de norte a sur, esquivando cigalas y mejillones.
Al fondo, un camarero dice:
-Señor, aquí hacemos la fideuà tostadita. Pero no está quemada, nadie más se ha quejado.
-¡Si te digo que sabe a cuerno quemado es que sabe a cuerno quemado!
Me cuesta imaginar un cuerno quemado. Lo único que me viene a la cabeza es un festejo popular en que se envuelven las astas de un toro con algodón y esparadrapo, para luego prenderles fuego. Me pregunto si el que acuñó la expresión tuvo ocasión de probarlos.
Susana continúa:
-Estoy completamente segura, Inés. Ultimamente, Didac llega siempre tarde a casa. Además, está como ausente y dice que necesita más tiempo para sus cosas. 
Callo y observo. He perdido el apetito. Calculo que a estas alturas, la paella debe haberse enfriado.
-Sé que hay alguien más, Inés. –Insiste Susana.- Por las noches sueña con ella y repite un nombre: Kittie, Kittie… ya sabes que viaja a menudo a Hamburgo… 
En otra mesa próxima, unos comensales rubios y rojos por el exceso de sol y de alcohol, piden su tercera jarra de sangría. Los niños, aprovechando el relajo de sus progenitores, han cogido una cigala cada uno y juegan a la guerra de los monstruos con brazos-pinza, dejando un rastro de arroz amarillo sobre el mantel.
No he llegado a probar las cigalas de mi paella. No sé si coger una y unirme a la guerra de monstruos con los niños gamba o explicarle a Susana que Kittie no es alemana y que la conozco mejor de lo que quisiera en ese momento…
El camarero, al ver que nuestra paella sigue casi íntegra en los platos, se acerca y nos pregunta:
-¿Algún problema con la paella, señoras?
Susana sigue lloriqueando, incapaz de ver al camarero, a quien hago un gesto para que nos deje solas.
-No sé que cuernos les pasa hoy a los clientes. –Murmura mientras se aleja.
Me siento francamente incómoda. Aunque, sin duda, el ángulo de Susana es el más amargo… En mi móvil,  un mensaje de Didac: “Kittie, tengo ganas de verte”. 

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