RENUNCIO

Me había levantado con el humor raro. Había ido desde la cama hasta el sofá, haciendo escala en la cocina para tomar un café con leche y mi píldora para la depresión.

No tenía ganas de escribir, ni motivación para concentrarme en nada intelectual. Hacía ya tiempo que mi cerebro estaba en huelga y se negaba a trabajar más allá de los servicios mínimos. Decía que con las funciones vitales ya se las veía y se las deseaba, que si además le imponía extras se iba a colapsar y no se hacía responsable de lo que pudiera pasarme, que a fin de cuentas yo era la directora y última responsable y que avisada estaba.

Así que dadas aquellas premisas, seguí tumbada mirando al techo y pensando a quien podía yo buscar que tuviera cualidades para hacer de cerebro auxiliar y no me costase un ojo de la cara.

Como no quería sobrecalentar la máquina, cerré los ojos y me puse a repasar escenas ya vividas. Hacía tiempo que en la empresa alguien trabajaba por mí. No necesitaba esforzarme para tener ingresos y ser productiva. Fue inevitable llegar a la conclusión de que debía hacer lo mismo con mi vida privada. Iba a delegar tanto como pudiese.

Llamé a Albert, mi novio, y concerté una cita para aquella misma noche. Cuando llegamos al restaurante y dije: “Tenemos una reserva para tres, a nombre de Pepa Castells”, el camarero respondió solícito, pero Albert me miró extrañado, aunque sin darle mucha importancia y confiando que solo fuera alguna extravagancia de las mías.

Pero cuando minutos después vio aparecer una jovencita de metro ochenta, rubia, piernas interminables y facciones caucásicas que se sentaba con nosotros a la mesa, no articuló palabra. En parte porque la sangre de sus venas había salido disparada hacia un lugar concreto de su anatomía, dejando su cerebro también en servicios mínimos; en parte, porque su expresión interrogativa no necesitaba palabras para exigirme una aclaración.

“Albert, será mejor que te lo explique cuanto antes.” No me anduve por las ramas y los presenté. “Albert, ésta es Ulrika. Ulrika este es Albert.” Y dirigiéndome sólo a él añadí: “Cariño, me voy un temporada, te dejo, quiero decir que te dejo en buenas manos. Ulrika, mi sustituta, ya te conoce por foto y está encantada con el servicio. Ya sabes que tengo buen gusto y como puedes tú mismo observar es muy mona. Además, si bien su conversación no es demasiado amena, tiene la decencia de saber estar calladita, por lo que nunca te dejará en evidencia. De hecho, no podría ni aunque quisiera, pues con esforzarse en sonreír y contonearse en la medida justa, se le bloquea el cerebro y sólo puede emitir monosílabos y algún que otro gemido. Suficiente, ¿no crees? Por supuesto si necesitas conversación siempre puedes llamarme.”

“¡Ah! Y ya te iré pasando mis libros y alguna foto de vez en cuando para que me tengas presente.”

Hace ya algún tiempo de esto. A mi alma le ha sentado bien quitarse todos los compromisos de encima. ¡Ni uno más! Mi cerebro ha dejado de protestar y me ayuda solícito en la tarea de escribir, que por fin me da lo suficiente para vivir del cuento y a cuerpo de reina.

Dicen que Albert se pasea sonriente con una belleza caucásica colgada de un brazo. Me consta que bajo el otro, siempre lleva uno de mis libros.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. enebro dice:

    Me encanta tu blog. Si tuvieran que dejarme, me gustaría que fuera de esta manera. Así al menos me reiría contándolo.

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  2. C.M. dice:

    enebro, gracias por tu entusiasmo y por recomendarme en tu blog. 🙂

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