SEDUCCIONES

Aplastó el cigarrillo contra el cenicero y la miró como un animal en celo.

Viéndolo, a través del humillo que aún salía de la colilla, ella pensó: “este tío es idiota”. Y justo, cuando él comenzaba una aproximación discreta, ella le increpó: “¿Te importa apagar bien el cigarrillo? me molesta el humo”.

Aurelia aprovechó la ocasión para ir al baño. Levantó de un golpe su generoso trasero y paseó su minifalda floreada hasta la otra punta del bar, acompañada del ruidito de las medias al rozar en la entrepierna.

Eugenio aplastó concienzudamente la colilla. Al alzar la vista, se encontró con uno de los espejos que decoraban el local y se puso a ensayar su próximo asalto: levantó la barbilla, arqueó las cejas y bajó los párpados, hasta que los ojos le quedaron semiabiertos. Luego, giró el rostro a derecha y a izquierda, admirando todos sus ángulos, convencido de ser irresistible.

Ganarse la admiración de Aurelia no estaba siendo fácil. Bueno, concretamente su admiración se la traía floja, aunque no podía decir lo mismo de las redondeces que, a pares, sobresalían por toda su anatomía. “¡Ah!” Suspiró. Luego respiró hondo un par de veces y pensó en su jefe (que sí se la traía floja) a ver si por mimetismo dejaba de apretarle el pantalón.

Su instinto depredador le decía que estaba cerca. Ninguna mujer que se preciara de serlo, se había resistido nunca a su poder de seducción. Además, por si todo esto fallaba, el vino de garrafón de aquel local entraba a las mil maravillas y Aurelia le abriría su corazón (por llamarlo de alguna manera).

Se repasó la ceja con un dedo que dejó tras de sí un borrón de ceniza. Al verse la mancha en el espejo, se chupó el dedo para borrarla con saliva, lo que le dejó un fuerte sabor a nicotina rancia en la boca. “¡Puaj! Soy el amante-nicotina” se dijo. Y volvió a llenar el vaso de Aurelia por tercera vez.

Aurelia, por su parte, tenía ganas de vomitar desde que abrió la puerta del lavabo. “¡Mira que hay gente guarra!” Pero sentía la minifalda a punto de reventar. Así que, aunque su primer impulso habría sido salir corriendo por donde había entrado, respiró hondo y se dispuso a terminar rapidito con la faena.

Se subió la falda, bajó las medias y medio en cuclillas (mientras se ponía roja de aguantar la respiración) se acercó al borde de la taza. Algo calentito salpicó sus piernas. “¡Mierda! ¡Quién fuera hombre!” murmuró.

Estaba a punto de buscar un trozo de papel para remediar los errores de su mala puntería, cuando se le apagó la luz. Así que, por miedo a encontrar algo más que el interruptor, decidió prescindir del papel, de la luz y acabar lo antes posible.

Al subirse las medias, se enganchó una uña. Tenía los nervios tan a flor de piel que destrozó las medias, se partió la uña e irrumpió por error en el bar, con la falda enroscada entre los michelines, las medias desgarradas y roja como un tomate.

Eugenio seguía ensayando muecas, cuando de pronto, le pareció ver al fondo del espejo una figura monstruosa saliendo del lavabo. Parpadeó dos veces y se giró para cerciorarse de lo que acababa de ver, pero Aurelia había sido más rápida desapareciendo tras la puerta del lavabo, no sin antes aprovechar para respirar hondo.

En un golpe afortunado, se tropezó con la luz. Al verse reflejada en el espejo, sintió deseos de gritar y se preguntó cómo nadie lo había hecho cuando apareció con esa facha. Por suerte, el idiota de Eugenio parecía enfrascado en estudiar sus inconfundibles muecas y probablemente no la había visto. Y quizá, el resto de la gente no había reparado en su presencia.

“¡Calma y respira hondo!” se dijo. Y volvió a mirarse detenidamente.

Con las medias no había nada que hacer. Una carrera de considerable grosor descendía hasta la rodilla derecha. Aurelia, que no soportaba la asimetría, (quizá por eso la sonrisa ladeada de Eugenio la descomponía) agarró la media desde la cadera izquierda y la retorció con fuerza, hasta conseguir otro desgarrón de dimensiones parecidas al anterior. “No está mal” se dijo. “¿No se llevan los pantalones con agujeros? Pues ¡ea! yo acabo de inventar las medias con desgarrones –by Aurelia Gómez-“. Acto seguido, buscó el borde de la falda y estiró hasta incrustarla otra vez en su sitio. “Otro problema resuelto”.

A estas alturas ya no reparaba en el olor nauseabundo que había en el cuarto. Así que se entretuvo en darse cuatro toquecitos. Pues, aunque era creía que a Eugenio lo que más le gustaba de ella eran sus refinados modales e intelecto, no estaba de más presentar su mejor imagen.

Removió en su bolso de mano, sacó el Rimel y se empastifó a conciencia las pestañas. Continuó con una sombra de ojos gris marengo, cuyo envase prometía “profundidad en la mirada”. Luego el pintalabios de color morado, que apareció sin tapa y lleno de virutas. Se lo miró con cierto reparo, pero, finalmente, pensó: “¡Bah! Lo que no mata engorda” (así le iba). Puso los morros hacia afuera y comenzó a hacer círculos con la barra, sin importarle demasiado rebasar el límite de la boca. “Excelente”. Le pareció que ese color combinaba con el estampado verde y rosa de su falda, y se sonrió satisfecha.

Mientras tanto, Eugenio seguía preguntándose qué era aquello que había visto. Estaba a punto de levantarse, cuando la puerta del lavabo se volvió a abrir de par en par y vio aparecer a Aurelia con los ojos ennegrecidos y los labios morados. “Ineludibles signos de violencia” pensó.
Aurelia sacó pecho y encogió barriga antes de comenzar a centrifugar sus caderas hacia la otra punta del bar, mientras miraba de reojo a derecha e izquierda, para asegurarse del impacto que causaba su nueva imagen. “Irresistible” se dijo.

Y, sintiéndose la versión española y oronda de Naomi Campbell, fue cruzando piernas y brazos hasta llegar a su mesa, donde un Eugenio expectante la miraba a través del humillo de un cigarro, arqueando una ceja.

Aurelia se sentó de nuevo a la mesa, cogió el cigarro de Eugenio y le dijo: “¿te importaaa?” Y con su dedo de uña rota lo aplastó en el cenicero. “Este tío es idiota” pensó. Y apuró de un solo trago su copa de vino.

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